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La fe y el ateísmo

La fe es un libro, del siempre interesantísimo, Armando Palacio Valdés. En su día conocí a este autor, gracias a que en mi trabajo editamos Tristán o el pesimismo (me imagino que estará descatalogado), una especie de réplica de Cándido o el optimismo de Voltaire.

También es excelente la adaptación que hace Rafael Gil en 1947 con Amparo Rivelles y Rafael Durán como protagonistas, con los que volvía a trabajar después de haberlo hecho en otra gran película del cine patrio como es El Clavo (1944) o en Eloisa está debajo de un almendro (1943)… pero otro día hablaré de más cine español.

Lo que más me ha interesado de esta película es el diálogo que se produce entre el padre Gil (Rafael Durán) y el ateo Alvaro Montesinos (Guillermo Marín) y que aquí os reproduzco:

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Paraíso político nacido del espejismo

En uno de los último capítulos de la novela “La Bodega” de Pablo Zapata Lerga, editado por Última Línea, me encuentro con esta interesante descripción de lo que podría ser un momento de cambio político:

“Las nuevas elecciones supondrían la posibilidad de la libre participación de los partidos políticos. Todos eran presa del señuelo de un paraíso de honradez, de justicia, de igualdad, de participación. Era la alucinación colectiva de un paraíso político nacido del espejismo que les producía la travesía del desierto histórico que habían vivido.”

Aunque la novela se presenta en un contexto histórico totalmente diferente al actual, no ha dejado de llamarme la atención ciertas similitudes. Nuevos partidos como Podemos o Ciudadanos irrumpen en nuestro mapa electoral… y si eso fuera poco plataformas y colectivos se unen con otros partidos para presentarse dentro de un marco de unidad popular.

Unos nos dicen que van a regenerar la vida política, perpetuando las que siempre han existido; otros nos dicen que es hora de que se escuche la voz de la gente, entre todos podemos cambiar las cosas…. sin que realmente cambie nada.

En fin todos vivimos esperanzados ante el señuelo de la honradez, justicia, igualdad y participación como dice el autor del libro; pero la cuestión es, si esto será un mero señuelo para que piquemos un nuevo anzuelo ante el espejismo que nos producen o realmente será el cambio verdadero.

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Fotografía y la sociedad de consumo

En contestación al comentario recibido por El tocapelotas en mi entrada anterior, he escrito esta nueva entrada, iba a contestarle directamente, pero me extendí tanto en mis explicaciones que consideré interesante dedicarle una nueva entrada.

A lo que yo quería llegar e intentaba demostrar, quizás de manera demasiado sutil, es que los comportamientos convulsivos no los considero inherentes al ser humano, sino al mundo occidental. No soy un gran conocedor del mundo nipón, pero es de sobra conocida, los comportamientos llevados a extremos que tienen (jóvenes recluidos en su cuarto, o los denominados soltero parásito, o la fobia social que sufren muchas personas en dicho país, por no hablar de sus trastornos sexuales). Es decir tienen comportamientos verdaderamente compulsivos (llevados a la enfermedad), no hay que negarlo, pero esto sólo ocurre en el mundo capitalista, industrializado o el llamado primer mundo.

Volviendo a la sociedad japonesa, es bien conocida su parodiada forma de entender la fotografía, decenas de japoneses haciendo turismo, bajándose  de un autobús, hacen miles de fotos en algún sitio turístico y se vuelven a subir al autobús, hasta su siguiente destino. La fotografía no a escapado a esta cultura basada en el consumo, y a eso es, a lo que yo voy a parar.

Hemos trasladado una forma de consuno, comprar, usar y tirar, a una disciplina que en origen se había planteado como artística. Con esto no quiero decir, que la fotografía no pueda evolucionar, y se convierta en una forma de comunicación, ocio, o lo que quiera cada uno… ni por supuesto, que la fotografía esta reservada a una élite, con gusto estético, que sean los únicos que puedan disfrutar de ella y compartirla (como puede pasar con cierto arte moderno, incomprensible para el gran público y que sólo puede ser apreciado y valorado por expertos). Precisamente si hay algo que me gusta de esta disciplina, es como ha sido capaz de democratizar el arte y hacerlo accesible a todo el mundo (tanto su comprensión como su ejecución).

La fotografía, en su tándem con las redes sociales, se han convertido en una forma más de capitalismo salvaje. Es más importante hacernos un selfie o hacernos una foto de lo que vamos a comer, cuando vamos a un restaurante, que disfrutar de dicha comida, o del lugar en el que nos encontramos. Dejamos de compartir el momento con la gente que estamos, para hacerlo con los cientos de “amigos” que tenemos en las redes sociales.

Dejamos de disfrutar de una buena comida, de una buena conversación, disfrutar de un buen paseo por una ciudad desconocida; eso deja de tener importancia, por que lo importante es hacernos una foto y compartirla. Mañana nosotros no recordaremos ningún instante mágico, por que estuvimos ocupados haciendo fotos y compartiéndolas, y mis “amigos” tampoco recordaran la foto dentro de el caudal de información recibido a través de las redes.

De esto es de lo que habla el fotógrafo de la película:

– A veces no la saco si me gusta el momento, a mi personalmente no me gusta que me distraiga la cámara, quiero formar parte de ello.

Por otro lado estoy totalmente de acuerdo, con el análisis de que las personas tienen una necesidad de comunicarse, y que las redes sociales es una excelente manera de hacerlo. Me parece bien, compartir fotos, inquietudes, o pensamientos… En fin, mi análisis no era una crítica a las redes sociales o la necesidad de comunicación; sino más bien a la sociedad de consumo y como dicha sociedad lo fagotiza todo, incluido en este caso, la fotografía.

Soy un gran defensor del decrecimiento, esto no significa dejar de consumir, sino hacer un consumo moderado y responsable; e igual que intento llevar esta filosofía de vida a mis hábitos de consumo, lo llevo también a otros factores como la fotografía y al uso de las redes sociales.

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